martes, 22 de febrero de 2011

¡¡¡Gracias a todos!!!



Ya que sin los visitantes habituales del blog, del Casablanca, los colaboradores, los miembros, Julián, etc.... esto no hubiera sido posible.

lunes, 21 de febrero de 2011

Treinta Años (por Marino Aguilera)

Treinta Años
(relato de Marino Aguilera)


Tras treinta años las mañanas se habían acabado convirtiendo en un ritual de olvido y frialdad entre ellos. Ya ni tan siquiera se miraban a la cara ni se daban los buenos días al levantarse. Sin quererlo se habían convertido en autómatas de la convivencia y de la rutina, acrecentada aun más desde el momento en que sus dos hijos habían abandonado el hogar por iniciar estudios en la universidad.

Todos los días se repetía la misma escena. Él se levantaba con aspecto cansado y hacía el intento de estirazarse mientras ella enchufaba la radio para conocer las noticias del día y evitar así cualquier conato de conversación. Con cierto hastío y paso cadente, sus pies lo dirigían hacia el baño para situarlo frente al espejo, el mismo que instalara con la ilusión de un joven propietario días antes de su boda y que había sido testigo, día a día, del nacimiento de cada arruga, de cada cana, de todos y cada uno de los silencios y de las verdades a medias. Ya ni tan siquiera desayunaba en casa con tal de escapar en cuanto antes de aquella cárcel de frío y soledad compartida.

Para ella la historia era diferente. Se sentía culpable de la deriva del matrimonio y de haber olvidado preguntarle por las banalidades del día: ¿Qué tal te ha ido el día? ¿Vienes muy cansado? Las conversaciones eran simple cuestión de diplomacia y con suerte podían alargarse cuando alguno de los niños visitaba la casa. Era una mujer abnegada y poco optimista, acostumbrada a cargar sobre sus hombros el peso de todo cuanto aconteciera en el hogar con la resignación que sólo las mujeres de otros tiempos eran capaces de asumir. En ocasiones permanecía asomada a la ventada a la espera de que él llegara, y lo veía en la distancia hablando con unos y con otros, jovial y alegre como el que conoció a los quince años de edad, pero por algún motivo que desconocía aquella persona de amplia sonrisa desaparecía al cruzar el umbral de la puerta de la casa.

De esta forma, el hogar familiar pasaba por ser un hotel para ambos, un lugar donde él cubría las necesidades básicas de alimentación, aseo y ropa, y ella la de sentirse útil y protegida. Entendió entonces que era la comodidad lo que les mantenía unidos, que era inútil hallar la felicidad del matrimonio en el amor mutuo porque no existía el amor sino el afecto y no existía la felicidad sino una convivencia pacífica.

Al entrar a casa dejó las llaves sobre el taquillón y se dirigió a la salita. Allí estaba ella, sentada en el sofá, adormilada, con la mesa puesta y la comida recalentándose en el horno. Al abrir los ojos vio cómo su marido se sentaba a su lado, la cogía de la mano y comenzaba a besarla. La extrañeza fue tan fuerte que parecía que la estuviera besando otro hombre y hasta llegó a rechazarlo por unos segundos, pero al instante lo recordó en sus besos de juventud y volvió a sentir el pálpito de la adolescencia y la emoción de la noche de bodas. El beso se prolongó durante varios minutos hasta que el sonido de una campanilla la devolvió al mundo. Sobresaltada, encontró a su marido sentado en el sillón de al lado dormido y la alarma del horno le avisaba de que el salmón ya estaba listo.

Recordar lo que fue su relación, pensar lo que podría ser y advertir lo que se había convertido le hizo dudar por un momento: ¿Habré tenido un sueño o una pesadilla? Mientras sacaba la bandeja del horno y preparaba los platos hizo lo posible por olvidar la imagen de su marido besándola.

Al salir de la cocina lo encontró también sobresaltado, cogiendo la chaqueta y abriendo la puerta de la casa.

- ¿A dónde vas? Tengo la comida preparada. - Le dijo ella sorprendida.
- No tengo ganas de comer. Me voy a dar una vuelta. - Respondió sin mirarla a la cara.
- ¿Te pasa algo?
- Acabo de tener un sueño muy raro y se me ha ido el hambre.

En el momento de salir cruzaron sus miradas. El corazón de ambos se mantenía acelerado.
- ¿Has soñado lo mismo que yo? Preguntó la mujer, algo nerviosa.
- Supongo que sí.

Los dos se miraron durante varios segundos en los que pasó por su mente a toda velocidad los treinta años de relación. Por un instante ambos volvieron a sentir el deseo con el que se conocieron y enamoraron.

Cabizbajo, derrotado por el momento, acabó por cruzar la puerta y salir a la calle. Ella volvió a la cocina en señal de resignación.

Tal vez sea mejor así, pensó mientras cubría el plato sobrante.

sábado, 19 de febrero de 2011

MUSAS DE CIUDAD


Desde Eva Nasarre, hasta Kim la azafata rubia de Un, Dos, Tres. Desde Dulcineas literarias hasta Penélopes que esperan al final de una inmensa Odisea. La historia siempre ha estado llena de musas que han inspirado y marcado los designios de la humanidad. La suya se llamó, se llama y se llamará SOFÍA.
El amor, la geografía, y tal vez el destino, habían querido que Sofía y yo fuéramos vecinos durante casi toda la vida, pero que hasta mi despertar sexual (si es que he despertado ya), no hubiera levantado en mi una atracción física, psíquica, química y mental por ella. Su soltura al andar por las calles, su pelo negro intenso, su estatura norteña, su descarada vestimenta, y su conocimientos culturales que le rebosaban por la boca... y descendían hasta sus pechos, jugando a crear tirabuzones entre ellos, y escondiéndose luego en su ombligo, hacían que mi sangre hirviese sin importar la época del año en la que estuviéramos.

Con el tiempo, y dado que era asidua cliente de la farmacia que mi familia regentaba desde hace años, fuimos tomando confianza y hablando entre minutos y minutos de libros, cine, pensadores, y en general, de temas que el resto de clientes no solían tratar por no llevar en ellos nombres como Belen Esteban o Ana Rosa Quintana o Kiko Matamoros. Así, día a día, nuestros minutos se iban alargando y cada vez nos adentrábamos con más intensidad en el fondo de nuestras conversaciones, hasta el punto de que ella llegó a ser un referente intelectual, y de gran apoyo académico en el final de mis estudios de secundaria. Me ayudaba con la filosofía y con la literatura, merendaba, y cenaba junto a ella, dos ojos puestos en Platón, y cuatro posados sobre su pelo, sus hombros , su pecho y su sonrisa. Fueron unos años demasiado cortos para lo mucho que había por aprender de mi entorno.
Acabé la secundaria y, como todo estudiante, comienzas a moverte donde tus gustos académicos te lleven, y así el lazo que envuelve tu deseos adolescentes, se suelta y todas esas miradas, sonrisas compartidas, minutos convertidos en tardes enteras, quedan en recuerdos, recuerdos y recuerdos.
Han pasado los años, y aún se cruza conmigo en la antigua botica, ya farmacia, de mis padres. Sus hijos, ya adultos, hablan conmigo porque me conocen de siempre, como alguien cercano; y en mi tan solo, que ya es mucho, quedará el recuerdo de la mujer descarada y segura de sí misma con pelo negro que cruzaba la calle y se paraba a hablar de Nietzche, Platón, Allan Poe, la cual hacía que la mañana más gélida de un enero cualquiera se transformase en unos minutos de un soleado día de agosto. Y así por y para siempre perduran entre nosotros nuestras musas urbanas.

El último beso

Puedes llamarlo "romántico". Puedes llamarlo "glamuroso". Llámalo como quieras.
Para mi siempre será un asesinato sangriento y carnal...

viernes, 18 de febrero de 2011

Papeles en blanco

Una pequeña ventana que da al oeste, siempre a media persiana; su único vínculo con el mundo real. Una larga enfermedad y las escasas ganas de vivir que ya tenía habían hecho de él un tipo solitario, aunque no del todo por voluntad propia. Tenía todas las comodidades, eso sí, que precisa hoy el hombre de a pie: antena parabólica, internet, teléfono móvil… Aunque él siempre pedía que no faltara papel en su escritorio, junto a su descacharrada y casi inservible máquina de escribir Olivetti. Demasiado papel para tan pocas ideas, desgastadas, vacías y manidas ya por el tiempo, acaso oxidadas como su vieja osamenta, quizá vacías como su cada vez más silencioso pecho.

Echaba de menos las cosas de siempre; el campo, las flores, sus paseos en coche, los conciertos y la tertulia del bar de abajo. Pero sobre todo añoraba el contacto con la gente: los abrazos, los estrechones de manos, las felicitaciones, los homenajes y las inauguraciones. Todas esas fiestas a las que un escritor de fama siempre es bienvenido le habían convertido en una persona que, además de escribir bien, siempre estaba de moda. Pero las modas cambian. Ese contacto humano ya se había limitado al casi inaudible buenos días diario de la asistenta, las esporádicas visitas de su sobrino o las diplomáticas llamadas de su editor, más pendiente de rentabilizar la obra de un escritor muerto que verdaderamente interesado por su salud.


Echaba de menos los hijos que no tuvo, y la mujer que nunca llegó a querer. Hubiera dado todo cuanto tenía por volver a las andadas y cortejar a alguna de las mozas de su pueblo, para llevarla a la era y, a hurtadillas, robarle un beso. Quisera volver a ser joven y casarse, para llenar su casa de risotadas y travesuras, pero era tarde. De reojo miraba sus premios, sus condecoraciones y todas las fotos que acumuló en aquellos tiempos felices. Su sonrisa lo decía todo: era un triunfador. Ahora… mejor no pensar. Hasta las personas tienen fecha de caducidad. Estar viejo y enfermo es demasiada carga para la sociedad. Los amigos son a veces como un virus; se acercan a un organismo sólo cuando está sano y, cuando han conseguido lo que querían de él, lo abandonan a la que en muchas ocasiones es su última suerte. Y sin amigos, sin futuro y casi también sin pasado, olvidado ya entre la neblina de la senectud, uno tiene tiempo para pensar en el presente. El presente casi nunca satisface. El presente es dañino, puntual e hiriente. En el presente no se es nada, y, por más que se quiera, no ofrece nada por lo que pelear.


Un enorme montón de papeles en blanco, y nada más. Todo un mundo que describir, criticar o reinventar en ellos, pero ninguna relación más allá de su pequeña ventana y aquella infatigable media persiana. El que posee unas manos que acariciar o unos labios que besar pone sin querer su cara a los escritores de las solapas de sus libros. Los escritores de las solapas de los libros, a veces, tienen que escribir sobre el amor y las caricias sin saber exactamente lo que son. Nadie está contento; nadie es totalmente feliz. Nadie se hace a la idea de ser uno mismo, pero la vejez y la enfermedad son un espejo liso y pulido, en el que se aprecia todo con mayor claridad llegada la hora.


Un tímido buenas tardes, hasta mañana y el sonido de la puerta al cerrarse es también el colofón de otro día. Un puñado más de papeles sobre la mesa y cien ideas menos para plasmarlas en ellos es parte sustancial de una vuelta más del planeta. Ni un triste estrechón de manos, ni un canapé. Ningún abrazo en ninguna presentación. No hay más que muchos papeles en blanco, la vieja y desvencijada máquina de escribir y una ventana que da al oeste, siempre a media persiana, quién sabe si un poco más cerrada cada día…

jueves, 17 de febrero de 2011

RAFALANDIA (Rafaél Álvarez Aguilera)



RAFALANDIA
(por Rafael Álvarez Aguilera)

Y llegada la siempre inesperada media noche, se acabó el hechizo. Se esfuma la carroza y llega la calabaza. La fastuosidad se ha convertido en paupérrima clase media (que es infinitamente más ruin que la paupérrima pobreza) y la miedocridad nos convierte en un tópico, un lugar común, un esquema conceptual de algo que pudo haber sido, pero que se quedó en unos "papelajos en sucio" para reutilizar.

Y entonces eres como la sala de espera de un hospital: frío y con olor a alcohol -eso dependerá de las copas-. Cual don Quijote, recuperas el juicio. Y Aldonza Lorenzo es nombrada reina de las fiestas, y lo que fue una noche especial se convierte en "rato de marcha"; aquellas copa de vino de veladas ínfimas en "un botellón con postre"; y los "eres muy especial" en cosas que se suelen dicen... Frases hechas.

Ese es el tema... Frases hechas, como casas prefabricadas o como un parques temático de nosotros mismos, donde encontrar atracciones sin igual, edificantes charlatanerías, hamburguesas grasientas y payasos, eso sí, muchos payasos. Con el paso del tiempo quizás no lleguemos a eso, y todo lo recordaremos como una verbena de pueblo, en la que ni siquiera se paga entrada, y de la que sólo quedan algunas fotos etiquetadas en Facebook compartiendo palmarés con la primera comunión de un sobrino, el viaje a la playa de Fuengirola o la enésima noche de fiesta.

Despertar, ver que la transfiguración ha terminado y toca tomar tierra. Qué ilusos, como si lo vulgar pudiera ser efímero, perentorio...

LA AMANTE VENECIANA DE GUTENBERG (por Franciso De Paula Martínez Vela)


LA AMANTE VENECIANA

DE GUTENBERG



(Por Francisco de Paula Martínez Vela. Alcalaíno, escritor y tipógrafo)


Hoy te quiero contar la historia más increíble que quizás hayas escuchado nunca, la de una mujer italiana que se llamaba como tú. Unos dicen que es leyenda, otros directamente que mentira, pero te puedo asegurar que si no es por ella, hoy seguíamos escribiendo los libros, uno a uno, a mano.

Su nombre era Lauretta, que en Italia es como te llamarías tú, querida Laura, y hacia 1430 era la amante en la ciudad de Estrasburgo de Johannes Gutenberg, un alemán al que todos tienen por el iniciador de la imprenta, ese arte con el que durante 500 años se han hecho muchos, pero que muchos libros como este.

Como te digo, esta Lauretta, además de caricias, besos y, sobre todo, comprensión, le hizo entrega a su amante de una cosa que terminó cambiando el curso de la historia. Cuando más atascado estaba en sus primeras investigaciones sobre un mecanismo para hacer libros como los que hacían los escribas, pero de otra forma, y andaba cogiendo ideas de aquí y de allí para poner en práctica lo que su imaginación cocía, Lauretta, a la vuelta de un viaje a casa de su madre, le trajo un cajoncito de madera lleno de unos cuadraditos de metal, estos tenían en uno de sus extremos grabadas unos dibujos incomprensibles para ellos, pero que dejó a Gutenberg ensimismado y a partir de ese momento ya no estuvo ni para nadie, ni para nada, durante la primavera y buena parte de aquel verano. Bueno, para Lauretta si, quien sin saberlo le había dado a nuestro inventor la clave para hacer prosperar su idea.

Y te preguntarás ¿Dónde había conseguido Lauretta este cajoncito con letras chinas de imprenta hechas de metal? Pues veras, además de la historia de Gutenberg, todos conocemos las increíbles peripecias de Marco Polo en China gracias a que las dejó recogidas en su “Libro de las Maravillas”, lo que casi nadie sabe es que además de con su padre y su tío, Marco contó con la ayuda de una docena de sirvientes, y mira tú por donde, entre ellos se encontraba el abuelo de la amante de nuestro impresor, Callisto Liciano, él fue uno de los venecianos que en 1275 pudo ver con sus propios ojos la corte del Gran Khan. La corte no, más bien la calle. Como sirviente que era pudo conocer unos lugares y unos oficios a los que su señor ni se acercó, ni le interesaron y que, por supuesto, nunca aparecieron recogidos entre las maravillas descritas en su libro.



En el verano de 1282, Genghis Khan les encomendó a los Polo una delicada embajada a los reinos del norte, a la ciudad de Song-do, capital de lo que había sido el reino de Goryeo. Allí Callisto, paseando entre sus callejuelas, descubrió un lugar donde unos artesanos se afanaban fundiendo pequeños bloquecitos de metal que él tomo por algún tipo de adorno para las espadas. Ante la curiosidad mostrada por la comitiva de extranjeros, aquellas gentes le entregaron a cada uno de ellos un cajoncito con tipos que acababan de fundir.

Es curioso, querida Laura, que doscientos años antes de que a Gutenberg se le ocurriera la brillante idea de fundir letras en metal, el abuelo de su amante recibiera un regalo que él tomó como una guarnición para las espadas y que como tal se trajo de vuelta de su viaje y lo mejor de todo, lo conservó en su casa como algo muy especial sin saber realmente para que servía, hasta que Lauretta viendo que se parecían mucho a las piececitas de madera que su amante manoseaba continuamente en su taller pensó, que a lo mejor a él le podían servir.

RATÁRICAS (por Rafael Álvarez Aguilera)




Las palabras son como las ratas: pequeñas, escurridizas y muy cobardes. Y siendo tan minúsculas, me sorprende que puedan llegar a dar tanto miedo. O mucho miedo. A mí las ratas me horrorizan, pienso en ellas y su imagen se queda buceando en la cabeza un buen rato, incluso pueden quitarme el sueño. O venirse conmigo. Y entonces tengo pesadillas donde miles de esos asquerosos roedores, con su pelo lacio y estropajoso y su aspecto sucio van tomando la habitación... Os contaré un secreto muy desagradable: una vez soñé que comía carne de rata, no recuerdo el sabor, aunque sí tengo en la memoria la sensación de que era algo ahogadiza, imposible de tragar, y entonces intentaba esculpirla, pero siempre quedaba más en mi boca. Con las palabras a veces pasa igual, se me quedan atragantadas y se enmohecen en mi garganta.

Dicen que las ratas transmiten enfermedades, la verdad es que no lo sé porque creo que nunca besé a una, pero sé que las palabras también son capaces de contagiarse... Sobre todo entre ellas. Van mutando. De hecho hay palabras que se parecen sospechosamente: Como "reto", que comparte muchas letras con "rata". Y a mí también me acobardan los retos, pero si espero un poco, la palabra reto se convierte en retórica. Rata, reto, retórica... Retirada. Las retiradas también se asemejan a las retóricas, que son un modo de no decir lo que no queremos decir, o mejor, de no decir lo que queremos decir, y así, escaparnos del reto.

Y entonces se cierra el ciclo, pues nos comportamos como las ratas y huimos... Entonces se nos ve corretear furtivas por las calles cuando creemos que nadie nos ve. Yo cuando utilizo retóricas para retirarme, me doy aún mucho más asco que las ratas, y también miedo. Pero no por nada, si no porque al final soy yo el que se queda roto, que también es una palabra parecida a "rata".
Lo más triste es cuando una estúpida rata tiene la mala suerte de morir a la interperie, queda a la vista de todo el mundo, como los ejecutados en la antigüedad. Y es profundamente humillada. Porque a la gente le da mucho asco, y a mí me parecen repugnantes. Y nos tapamos la cara, pasamos veloces, y damos un bocinazo onomatopéyico "¡uohhhh!" "!agggg!"... Las evitamos y la imagen de ese animal descomponiéndose, desnudándose poco a poco hasta ofrecernos sus huesos, nos persigue durante mucho tiempo. Igual que las palabras, que cuando las dejamos morir, también queremos hacer como si no estuvieran, y balbuceamos fonemas incomprensibles para evitarlas. Pero también perecen por las esquinas, sobre todo en los rincones oscuros a los que nos da más miedo ir.

Porque es donde más desafinadas suenan las ratáricas.

IN FIEL ES... (por Ana C. "ERUDITA")






IN FIEL ES… (por erudita)
-Te pasas por mi casa? Preguntaba una dulce dama a su amigo casado.
-A tu casa? Asombrado el amigo, quedo pausando en su respuesta, y decide tomarse su tiempo y analizar el encanto de aquella invitación muy atractiva al sentido del tacto y olfato. Y el amigo responde- Mañana te llamare y te diré algo al respecto. Hubo agitación y algunas veces calma en el pensamiento masculino de tal oferta, pasaron multitudes de ideas, preguntas y desvelos antes de saber que diría a su amiga luego cuando lo llamase, El pensaba en los pro y los contra del encuentro fortuito al que no estaba habituado en su agenda personal ni social que lo caracterizaba como todo un caballero de noble hidalguía.
Y llego un nuevo sol, todo era brillante a pesar de aquel invierno, seguían los giros de ideas versátiles atravesando la especulación del hombre que entre aciertos y dudas se convertían sus ideas.
Llovieron litros de predicciones en cuanto a dar un argumento que fuera solido para ir o dejar esa idea un tanto descabellada. Pero llego el plazo y su dama nuevamente estaba ahí para intentar saber la revelación, y El muy puesto y seguro en sus ideas ha dicho un SI, si? –estas convencido, pregunto ella. El ha respondido por segunda vez que se pasaría a su concurrencia sin lugar a dudas. Se tomaron un instante para definir la hora, quedo todo confirmado y solo debían llenarse de paciencia para tener la asamblea anhelada. Se acababa aquella tarde cuando el hombre caballero llego a verse con su dama en el regazo de ella, era inevitable el choque de emociones por parte de los dos y un suspenso que los embriagada en dudas y tensiones. Muchas cosas cambiarían en aquella cita. Bueno después de haberse tomado su tiempo de discusiones de orden ideal cada uno dejo ver al otro sus intensiones. Pero el abrumado caballero tenia nerviosísimo marcado por cada poro de su piel, dilucidaron sus gustos y hablaron de formas y tamaños que les rodeaba en aquel preciso instante, se contemplaron con la mirada y una concentración pausada les llego. La dama sentía de manera más delicada el hecho de auxiliar en ese momento el mismo punto de mira con su noble caballero, pasaron un sobre salto que recorria el torrente sanguíneo de ambos, y estando ya tan emotivos, pautan irse al “rincón” sitio donde abría menos espacio pero más tranquilidad de conciencia, y así Caballero y Dama terminan su colisión en el equilibrio y reposo donde se inicio una pregunta si en tu casa o en la mía? Ya han transcurrido muchas horas de que Caballero y Dama no se comunican pero seguro que en cada recuerdo hay mucho por sentir, y ese “rincón” esperara más visitas prontas.

Erudita


Muchas Gracias a esta nueva colaboradora por los dos relatos que ha mandado.
Desde aquí te invitamos a que escribas siempre que te apetezca al blog, sin tema, ni condición, por el simple deleite del uso de la palabra (el administrador: ruyelcid)

miércoles, 16 de febrero de 2011

Próximo Encuentro "CAFÉ Y LETRAS"




Aún tengo pendientes por subir unos cuantos relatos más que me han mandado estos días. Gracias a los de siempre y a las nuevas incorporaciones, sabéis que las palabras no deben tener dueños y deben compartirse.
Os espero a todos el próximo domingo. Un abrazo: ruyelcid

viernes, 11 de febrero de 2011

Amistad Entre Cuadros (por Begoña D. Góngora)


AMISTAD ENTRE CUADROS (por Begoña D. Góngora)

Delante del ordenador pasaban las horas. Primero datos y más datos de los resultados de las encuestas, después resúmenes de los resultados, hojas de cálculo, documentos…

Mientras, mi cabeza no paraba de darle vueltas al encuentro de aquella tarde, sus palabras se habían clavado en mi mente. Aquella descripción tan poética de la puesta de sol, hizo que el concepto que tenía sobre él cambiase. No era aquel hombre rudo que parecía exteriormente, dentro de él había un hombre sensible, lleno de sentimientos, existía todo un mundo, y yo me había propuesto descubrirlo, no sabía cómo, pero ese era ahora mi objetivo.
Suena el teléfono, ese desagradable sonido me saca de mis sueños, ¿le di el teléfono? “¡Hola! ¿Está Martín?”, su imagen me vuelve de repente,, balbuceo una serie de palabras incomprensibles: “ ¿Qué?; Si soy yo, ¿con quién hablo?”, de sobra había reconocido su voz, pero no quería que notase mi nerviosismo, ser natural. Quería ponerse en contacto conmigo, le había interesado algo que habíamos comentado sobre un foro de pintores noveles, me proponía quedar esa tarde para pasarnos.

Allí estábamos los dos, habíamos quedado en el Pub Marsells, un lugar agradable y muy adecuado para una primera cita, aunque en realidad no quería plantearlo como una cita sino como un encuentro de dos personas interesadas por el arte, no quería hacerme ilusiones.

Las cosas no empezaban bien, los dos estábamos callados, pero hice un comentario sobre un cuadro surrealistas que me había impresionado bastante, y de repente todo cambió. Parecía que aquel iba a ser un nexo entre los dos, por lo menos ya había algo que nos unía. Pero aún quedaba mucha noche, “¿Íbamos a estar toda la noche hablando de quien era nuestro pintor favorito o si este o aquel cuadro nos impresionaba más? Sin embargo, así fue, pasaron las horas, cuando nos dimos cuenta se había pasado la hora del cierre del ateneo. Bueno, quedaríamos para otro día, la idea me encantaba.

Sin haberlo planeado, había surgido el principio de una amistad, luego todo se andaría, y me di cuenta que el destino había hecho que nos conociésemos y seguro que nos tenía planeado mucho más.


martes, 1 de febrero de 2011

SIN TÍTULO (por Sandra Quero Alba)





Me la encontré un día en el autobús urbano, eran más de las 10 de la noche y en su cara se veía el cansancio. Los ojos marcados por el sueño y en el rostro una expresión de obrera; me contaba que a veces se sentía perdida, tantos años en la universidad para estar ahora en un trabajo basura con un contrato de mierda. Su jefe, su jefe no es una persona normal…no tiene estudios pero su papá echa dinero por las orejas y le montó un negocio siendo casi un niño; ella me decía que él intentaba pisotear a las trabajadoras como si fueran ratas, acorralándolas en la cocina y exigiéndoles lo más inesperado, atentando contra sus personalidades y enfadado si enfermaban o se sentían tristes. Pero cuando hablaba con clientes, con hombres de su misma edad siempre soltaba una risotada falsa que ya traía ensayada de casa; escondía el cuello cual tortuga y trataba de hacerse ver como un triunfador mientras en su propio pellejo no podía sentirse menos arrastrado que un gusano.
De repente se calló y me apartó la mirada para clavarla en el pasillo del autobús, se levantó con una agilidad gatuna y agarró por el brazo a una mujer mayor, con el mismo rostro de obrera que venía cargada de bolsas. Le dijo que se sentara en su asiento guapa, la señora intentó decirle que no era necesario, pero ella mintió diciendo que se bajaba enseguida. Todavía le quedaba más de la mitad del trayecto.
Le comenté algo sobre el frío y ella me miró por dentro otra vez, para que yo la escuchara porque tenía muchas cosas que contar; esto sí que es fuerte, me dijo y añadió de manera casi automática:
-Tengo una relación secreta a ojos de mi padre.
-¿No le gusta tu novio o qué?
-No quiere que mi madre y yo nos veamos ni hablemos.
-¿cómo? – le pregunté con incredulidad, casi flipando.
-Todo el mundo lo sabe, pero él no quiere que estemos juntas. Tiene miedo de mí y me ve como a una bruja, yo sé cosas que él ha hecho que nadie sabe, cosas que podrían costarle ir a prisión y perder su estatus…la verdad es tan fuerte que intento abrir los ojos a mi madre. Él no quiere claro, porque tienen una relación perfecta…

La miré casi sin saber que decirle, sus ojos estaban ahora limpios, parecía haber descansado en ese trayecto. El autobús paró en seco, la línea 4 es una pesadilla porque atraviesa toda la ciudad y se hace eterno el viaje. Nos agarramos fuertemente a las barras rojas, la puerta se abrió y salió gente, después se volvió a cerrar y se puso en marcha, como si no hubiera pasado nada. Intenté continuar la conversación pero se me hacía difícil, creo que ella ha estado en un lugar al que nadie ha ido nunca antes.
- Nena, me pierdo en tu movida, me dices que quieres que tu madre haga su vida, pero que tienen una relación perfecta…no sé, no entiendo lo que intentas decirme.
Ella se echó a reír con una risa de vieja de las que venden en los mercaillos y conocen a la gente y al engaño, después se calló e hizo un gesto con la lengua casi erótico y miró hacia atrás. Pulsé el botón de la próxima parada porque ahí me bajaba yo. Me miró de nuevo y me susurró:
- Hacen muy buena pareja, porque él la está matando y ella se deja.
Sonreí. El autobús paró de nuevo en seco para darle emoción a la vida de la gente y que tengan que agarrarse como si fueran a morir.
Nos dimos dos besos y nos despedimos.
Salí a la calle, joder que frío que hacía, volví la vista al autobús y la vi con la mano abierta contra el cristal, diciéndome adiós de nuevo.
Me fui pensando en su mano abierta, es difícil decir la verdad y luchar por cambiar las cosas, siempre te tacharán de bruja, de molestia, de puta. Pero la lucha empieza ahí, que grande poder tiene aquella mujer que es sincera y muestra su mano abierta delante de cualquiera.

Sandra Quero Alba

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